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Ya es Tanabata.. y yo con estos pelos!!

Lunes, Julio 6th, 2009

7 del 07 de 2007 acababa de pasar mi primera noche en Japón, y además de ser San Fermín, coincidía con la festividad de Tanabata, donde es costumbre escribir deseos en hojas de papel de colores para atarlos a los árboles y pedirlos a los dioses. Recuerdo pasear a primera hora de la mañana por Asakusa viendo a la gente colgar sus deseos, y yo no colgué ninguno pues no deseaba más de lo que ya estaba viviendo.  Hoy vuelve a ser Tanabata un año más, y no colgaré tampoco un deseo de la rama de bambú, pues cantaré una canción que dice:

 

笹の葉さらさら Sasa no ha sarasara
軒端に揺れる
nokiba ni yureru.
お星様きらきら
Ohoshisama kirakira
金銀砂子 
kingin sunago.
五色の短冊
Goshiki no tanzaku
私が書いた 
watashi ga kaita.
お星様きらきら
Ohoshisama kirakira
空から見える
sora kara mieru.


Las hojas de bambú susurran
meciéndose en el alero del tejado.
Las estrellas brillan
en los granos de arena dorados y plateados.
La tiras de papel de cinco colores
ya las he escrito.
Las estrellas brillan,
nos miran desde el cielo.


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Festivo en Yokohama

Martes, Julio 15th, 2008

 

Hoy es festivo nacional en Japón, todo está mucho más lleno (aún), los comercios abren y los trenes llegan con la misma puntualidad, incluso a pesar del terremoto de 3 grados que hemos vivido sobre las 10 de la mañana en Tokyo. Me dirijo a Yokohama, a 30 minutos en tren hacia el sur. Llevo ya una semana en tierras niponas, creo que los días que me quedan se me van hacer largos y pesados. Es como si tuviera un puñal clavado en el pecho y una cruz a mi espala y tuviera que cargar todo el día con ella. Me doy cuenta que, vayas donde vayas, tus penas y tus alegrías; tus ángeles y tus demonios viajan contigo. No hay forma de escapar, no hay forma de huir, solo nos queda aceptarlos, integrarlos y trascenderlos para ser verdaderamente libres.
¿Por qué sentimos? Me pregunto por qué sentimos pena, y para ser justo también debo preguntarme porqué sentimos alegría, pues no habría una sin la otra. La verdadera iluminación no consiste en no experimentar la pena o la alegría, sino en saber aceptar que forman parte de la vida. Sentirlas, pero no sentirse identificado por ellas, hacernos transparentes para sentirnos más vivos. Sufriríamos más, pero nos importaría menos.


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Pegado a la Yamanote

Martes, Julio 8th, 2008

Tokyo, 8 de julio de 2007.

Cinco y media de la mañana, la claridad que traspasa el traslúcido cristal de la ventana prefabricada me ha despertado. Intento dar media vuelta y volver al reino sutil, pero el graznido de los cuervos negros de metro y medio me taladran lentamente. Para mí son las diez y media de la noche, aunque estoy por levantarme ya y ponerme a vistiar Tokyo. Ayer sábado fue mi primer día en tierras japonesas, y parece que lleve aquí una eternidad, pasaron tantas cosas que si mi viaje terminara ahora, habría merecido la pena. Me iría habiendo saboreado Japón, habiendo recorrido las atestadas calles de Shibuya, de haber sobrevivido al gentío de la estación de Ikebukuro, de haber disfrutado de una cena en muy buena compañía, de la compañia de viejos y nuevos amigos. De haber visto colegialas, ganguros, abueletes, y salarimans leyendo manga en el metro. Sin duda ya me llevaría una impresión diferente de Japón de la que traje. Aunque el exceso de información que traía merma mi fascinación por lo desconocido y da paso a una sensación de remembranza. De validación de lo virtualmente conocido. ¿Luces de neón? sí, es cierto, las había visto en películas. Casitas bajas apelotonadas, líneas y líneas de trenes. Cableado por todas partes, bolsas de basura en las puertas de las casas, japoneses a la última moda, anuncios luminosos, iconografía manga, móviles a la últimos llenos de straps.. sí, es cierto, todo eso existe. Sabía que existían y ahora lo he autovalidado. No me ha supuesto ninguna sorpresa encontrarse esas cosas aquí. Ahora bien, el hecho de haberlo visto con mis propios ojos cambia las cosas, lo he aprehendido en mi propia consciencia.

 

El graznido de un cuervo martillea en mi cabeza, me hace consciente del mundo exterior y mi mente retorna al presente, donde todo sucede y nada escapa. Silencio. Quietud emergiendo del sustrato atemporal, seis de la mañana, han pasado veinticuatro horas desde que llegué a Japón, veinticuatro horas en las que siempre he estado presente, siempre en casa encontrándome a mí mismo en cada instante. Tomando consciencia de mi propio devenir en el mundo. De nuestro mundo, a través de esa esencia del yo, Yo. Dios manifiesto. A miles de kilómetros de casa, pero en Casa. Espíritu hecho forma, y nosotros formando parte del juego. Dios siendo el sustrato de todo y a la vez su manifestación más elevada. Dios aquí y ahora. Estando en nuestro interior y en lo externo, en Tokyo o en Madrid. En las vías de la Yamanote o en el parque del Retiro.

この道しかない春の雪ふる

 

No hay más camino que este:

cae la nieve en primavera.


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Eternamente nuevo

Viernes, Septiembre 28th, 2007

A menudo o con menor frecuencia no estamos muy contentos con la vida que llevamos, que no estamos ni en el lugar ni el modo de vivir adecuados para nosotros, que no vivimos de la manera que nos gustaría. Una parte muy importante de la felicidad procede de la manera en la que nosotros mismos afrontamos aquello que nos acontece en el día a día, cuando volví de mis vacaciones en Japón me costó readaptarme a mi vida en España.
Había una frase que repetía con cierta frecuencia en la cotidianeidad del día a día, y era ¿y si estuviese en Japón? subiría los útlimos escalones del metro ilusionado por el grandioso mundo que me esperaba fuera, cada palpitar del corazón sería el único y cada mirada a mi alrededor sería la primera y la última. Y no porque el asfalto allí brille más, porque las calles sean más limpias, las personas sean más amableso porque el tren llegue siempre a su hora.
El mismo desayuno, el andar por un parque, o coger un tren como si fuese la primera vez, esa novedad con la que los niños miran al mundo y con la que los adultos nos reencontramos cuando viajamos lejos no es fruto del lugar al que vamos, sino de la condición interior desde la que afrontamos el mundo. Todo acto (activo o pasivo) del sendero de la derecha (externos) tiene su correlato en el sendero de la izquierda (o interno) y es en el punto de equilibrio donde encontramos la ecuanimidad que tanto deseamos, en el que aceptación y acción, ser y devenir se entrelazan en resonacia y podemos gritar a los cuatro vientos, sin palabras, que somos felices.

Pablo, para V.


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