Hace unos días celebré que la Tierra había dado un poco menos de treinta vueltas desde que conocí la existencia más allá del útero de mi madre. Y aunque no sea una cifra redonda se podría decir que ya es un tercio de mi vida, o una cuarta parte si conservamos la esperanza de un futuro mejor y una muerte lejana. En cualquier caso, ya se ha consumido un tiempo preciado que no volverá, y me queda el consuelo que tal vez han sido los años menos conscientes de lo que va a ser mi vida. Mi infancia, mi adolescencia y el principio de mi edad adulta. Toda una historia personal de la autorrealización a través de la autotrascendencia que dirían algunos. Pasiones, vivencias, pensamientos y actitudes que trataron de transmitir, de alguna manera o de otra, mi esencia.
Es difícil concretar toda esta serie de pensamientos abstractos y genéricos en lo que verdaderamente nos acontece en el presente eterno, en el modo de vida que llevamos en la cotidianeidad del día a día. Cuando vamos a trabajar, cuando tomamos un café con un amigo, practicamos nuestro deporte favorito o limpiamos nuestro hogar. Cuando, en definitiva, vivimos en ese mundo que parece ser lo de siempre mientras vivimos a través de los cambios, ese hilo conductor de un proceso que nos lleva inexorablemente al final de la existencia, a esa fusión con el sustrato universal.
Pero mientras llegue ese momento, aquello que me suceda; los acontecimientos que más valor adquieran los disfrutaré en el momento, y pasarán a marcar mi vida aun cuando dejen de permanecer en el recuerdo, con el único nexo de haberlos vivido, condicionando mis expectativas futuras hacia una vida próspera o una vida miserable. Y que todo ello, lo que fue, lo que es y lo que será se desvanecerá como las gotas de lluvia tras caer en el océano. Una vez que acaben impactando, y despidiéndose en forma de ondas, contra la superficie del Ser.
- Ondas en la superficie del Ser -