Esta tarde, mientras cocinaba mi arroz para la cena en una suihanki o arrocera japonesa, la nostalgia me embriagaba una vez más, la nostalgia de un país maravilloso, de un viaje que todo ello fue un gran momento inolvidable, y paralizado eternamente en mi recuerdo. Un viaje que no tiene fin. Y es que, como diría Jean Baudrillard,
El problema de hablar del fin es que uno debe hablar de lo que hay más allá del fin y también, al mismo tiempo, de la imposibilidad de finalizar.
Y es que es un viaje que no finaliza, a pesar de haber terminado hace casi 4 años. Esa remembranza, una y otra vez, una remembranza a través de los sentidos, de la música, de las fotos, de los vídeos y de las películas. De la comida, de su gente, de las sensaciones que produce el traqueteo de los trenes de la linea Yamanote. Todo ello una y otra vez recordado y revivido. Y parece que el mundo entero ya no es real, sino que pertenece al mundo de lo hiperreal, y de la simulación que lleva al recuerdo. Y es ahí donde se revive todo como si fuera real, y ¡qué más da! si existe o es solo una ilusión. No debemos vivir más lo vivido que lo que estamos viviendo, pero a veces la realidad nos sobrecoge y decidimos, consciente o inconscientemente, vivir sobre lo ya vivido, sobre la base del recuerdo hiperreconstruido a nuestro gusto, nuestra verdad. Y eso está bien, pero recuerda, vive bien el presente para que en el futuro puedas tener un buen recuerdo del pasado.
Pablo.