El pasado fin de semana tuvo lugar la cita anual más importante del arte contemporáneo en Madrid. Como suele pasar con estas ferias, no todo lo que está es valioso ni todo lo valioso es lo que está, pero sí había una buena muestra de lo que el arte moderno debe ser:
Es extraño, mañana marcho a vivir a París, y tengo la sensación de estar haciéndolo a Japón, y no por que sean dos países parecidos, sino porque le espíritu de Tenchi está presente, recuerdo con qué ilusión vivió sus últimos años de vida en el país del sol naciente, incluso mucho antes de llegar a él. Durante años ahorró para cumplir su sueño, si gran ilusión que vio cumplida antes de morir. Y de alguna manera consiguió contagiármela eternamente, recuerdo cómo me ayudó el primer día que llegué a Japón por vacaciones. Fui hasta su casa desde Narita, y de ahí fuimos a Shibuya, yo tenía que comprarme un cinto, pues se me había olvidado, y él tenía que ir al banco. Cogimos la Yamanote y allí fuimos. Un simple paseo rutinario para él, pero con la ilusión del primer día.
Ahora que estoy planificando mis primeros días en Paris no paro de recordarlo, la ilusión y energía con la que hacía los trámites más tediosos. Ir al banco a ingresar dinero, ayudarme a obtener un móvil de tarjeta y vivir feliz en su minipiso. De alguna manera, vive dentro de mi, y me consigue transmitir esa ilusión, que por mi mismo, hoy no consigo obtener. Ahora que otra vez, sabe Dios hasta cuando, tengo que hacer esos mismos pasos, el espíritu de Tenchi está presente.
Los conciertos heavys.
El nucleo duro.
La flaqueza por mucho que haga.
La piel tersa.
Vivir como si fuera a morir mañana, estudiar como si fuera a vivir eternamente.
La pasión por lo desconocido.
El baloncesto con resaca.
Los antros de mala muerte.
La ilusión del futuro y el futuro con ilusión.
Los callos al programar.
Kevin Warwick y sus locuras.
La filosofía y los Wachoswki.
Las horas muertas en Internet.
Sangrías que parecen whiskies sin hielo.
Los salto de Año Nuevo en la pantalla y el teclado.
Está todo por venir.