Ondas en la superficie del Ser (II)

Hace unos días celebré que la Tierra había dado un poco menos de treinta vueltas desde que conocí la existencia más allá del útero de mi madre. Y aunque no sea una cifra redonda se podría decir que ya es un tercio de mi vida, o una cuarta parte si conservamos la esperanza de un futuro mejor y una muerte lejana. En cualquier caso, ya se ha consumido un tiempo preciado que no volverá, y me queda el consuelo que tal vez han sido los años menos conscientes de lo que va a ser mi vida. Mi infancia, mi adolescencia y el principio de mi edad adulta. Toda una historia personal de la autorrealización a través de la autotrascendencia que dirían algunos. Pasiones, vivencias, pensamientos y actitudes que trataron de transmitir, de alguna manera o de otra, mi esencia.
Es difícil concretar toda esta serie de pensamientos abstractos  y genéricos en lo que verdaderamente nos acontece en el presente eterno, en el modo de vida que llevamos en la cotidianeidad del día a día. Cuando vamos a trabajar, cuando tomamos un café con un amigo, practicamos nuestro deporte favorito o limpiamos nuestro hogar. Cuando, en definitiva, vivimos en ese mundo que parece ser lo de siempre mientras vivimos a través de los cambios, ese hilo conductor de un proceso que nos lleva inexorablemente al final de la existencia, a esa fusión con el sustrato universal.
Pero mientras llegue ese momento, aquello que me suceda; los acontecimientos que más valor adquieran los disfrutaré en el momento, y pasarán a marcar mi vida aun cuando dejen de permanecer en el recuerdo, con el único nexo de haberlos vivido, condicionando mis expectativas futuras hacia una vida próspera o una vida miserable. Y que todo ello, lo que fue, lo que es y lo que será se desvanecerá como las gotas de lluvia tras caer en el océano. Una vez que acaben impactando, y despidiéndose en forma de ondas, contra la superficie del Ser.

– Ondas en la superficie del Ser –