Pegado a la Yamanote

Tokyo, 8 de julio de 2007.

Cinco y media de la mañana, la claridad que traspasa el traslúcido cristal de la ventana prefabricada me ha despertado. Intento dar media vuelta y volver al reino sutil, pero el graznido de los cuervos negros de metro y medio me taladran lentamente. Para mí son las diez y media de la noche, aunque estoy por levantarme ya y ponerme a vistiar Tokyo. Ayer sábado fue mi primer día en tierras japonesas, y parece que lleve aquí una eternidad, pasaron tantas cosas que si mi viaje terminara ahora, habría merecido la pena. Me iría habiendo saboreado Japón, habiendo recorrido las atestadas calles de Shibuya, de haber sobrevivido al gentío de la estación de Ikebukuro, de haber disfrutado de una cena en muy buena compañía, de la compañia de viejos y nuevos amigos. De haber visto colegialas, ganguros, abueletes, y salarimans leyendo manga en el metro. Sin duda ya me llevaría una impresión diferente de Japón de la que traje. Aunque el exceso de información que traía merma mi fascinación por lo desconocido y da paso a una sensación de remembranza. De validación de lo virtualmente conocido. ¿Luces de neón? sí, es cierto, las había visto en películas. Casitas bajas apelotonadas, líneas y líneas de trenes. Cableado por todas partes, bolsas de basura en las puertas de las casas, japoneses a la última moda, anuncios luminosos, iconografía manga, móviles a la últimos llenos de straps.. sí, es cierto, todo eso existe. Sabía que existían y ahora lo he autovalidado. No me ha supuesto ninguna sorpresa encontrarse esas cosas aquí. Ahora bien, el hecho de haberlo visto con mis propios ojos cambia las cosas, lo he aprehendido en mi propia consciencia.

 

El graznido de un cuervo martillea en mi cabeza, me hace consciente del mundo exterior y mi mente retorna al presente, donde todo sucede y nada escapa. Silencio. Quietud emergiendo del sustrato atemporal, seis de la mañana, han pasado veinticuatro horas desde que llegué a Japón, veinticuatro horas en las que siempre he estado presente, siempre en casa encontrándome a mí mismo en cada instante. Tomando consciencia de mi propio devenir en el mundo. De nuestro mundo, a través de esa esencia del yo, Yo. Dios manifiesto. A miles de kilómetros de casa, pero en Casa. Espíritu hecho forma, y nosotros formando parte del juego. Dios siendo el sustrato de todo y a la vez su manifestación más elevada. Dios aquí y ahora. Estando en nuestro interior y en lo externo, en Tokyo o en Madrid. En las vías de la Yamanote o en el parque del Retiro.

この道しかない春の雪ふる

 

No hay más camino que este:

cae la nieve en primavera.

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