Amaneciendo en Koyasan

Koya temple

13 de julio de 2007. Son las 5:30 de la mañana, anoche fué el primer día de todo el viaje que me costó dormir, el primer día que estaba realmente descansado y no tenía sueño. Me tomo un te matcha y me visto. Tengo la duda de si vendrán a recogerme a la habitación o tendré que ir solo al rezo.

Suenan las campanas a las seis menos diez, tal y como estaba previsto y viendo que no parece haber movimiento fuera en el pasillo, salgo y me dirijo al centro de oración. Cruzo el pasillo despacio mientras observo la lluvia caer sobre el jardín Zen a mi izquierda. Todo está en calma en Koyasan. Llego al lugar, la puerta está entre abierta y dudo si debo pasar. Veo que vienen hacia aquí más huéspedes y entramos. Me siento en el banco, frente a mí un altar Shintoista y tres montes; hombre joven, hombre mayor y mujer de mediana edad, mirándolo.

Empiezan a recitar mantras (creo) tras el golpeo en la campana con un mazo que hace vibrar toda la sala. A cada rato el hombre joven golpea de nuevo la campana. Pasados unos treinta minutos, quizás más, quizás menos, se dirige el hombre mayor a nosotros, primero en japonés y seguidamente en inglés, nos invita a echar incienso al altar. Nos colocamos en el lateral de la sala y uno a uno de rodillas hacemos el ritual y volvemos a nuestro sitio. Y vuelven a recitar, pasados unos diez minutos, terminamos. Se dirige a nosotros para indicarnos que el desayuno lo tenemos cada uno de nosotros en el mismo lugar donde cenamos la noche anterior. No me queda claro si nos van a venir a buscar como anoche, regreso al cuarto. Al cabo de cinco minutos voy al cuarto de desayuno, y ahí está, el desayuno shintoista japonés junto con una tabla con mi nombre en rômaji y en katakana. Gohan, sopa de miso, te verde, alubias y algún otro vegetal que no alcanzo a clasificar. Realmente delicioso. Muy diferente del desayuno occidental rico en azúcares al que acostumbro en España. Termino y vuelvo a mi cuarto, recojo la maleta y marcho rumbo a Osaka.

Pablo.

“Después del canto del búho,
el silencio de la montaña es más profundo aún.
Lo esencial no es lo que hemos dicho,
sino lo que no hemos dicho,
y, sin embargo, ha sucedido y es real”.

– Haiku japonés

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